sábado, 1 de agosto de 2026

Hispania 5 Aureliano Restitutor Orbis

Aureliano fue uno de los emperadores más decisivos de la historia de Roma y, al mismo tiempo, uno de los menos conocidos por el gran público. Su reinado apenas duró cinco años, entre el 270 y el 275 d. C., pero en ese breve espacio de tiempo consiguió rescatar al Imperio Romano de una crisis que amenazaba con provocar su desaparición definitiva. Cuando llegó al poder, Roma se encontraba dividida en tres grandes entidades políticas, acosada por invasiones bárbaras en casi todas sus fronteras, con una economía debilitada, una administración profundamente corrupta y un ejército obligado a combatir en varios frentes de manera simultánea. Muchos contemporáneos pensaban que el Imperio estaba condenado a fragmentarse para siempre, pero Aureliano demostró poseer una combinación poco frecuente de talento militar, capacidad política y una enorme determinación que le permitió revertir una situación que parecía irreversible.

Los orígenes de Aureliano son relativamente modestos y, como ocurre con muchos personajes del siglo III, las fuentes conservadas ofrecen escasa información sobre sus primeros años. Se cree que nació hacia el año 214 en alguna región situada al sur del Danubio, probablemente en la provincia de Panonia o en alguna zona de los Balcanes. Aquellas tierras fronterizas eran un permanente escenario de guerras contra pueblos bárbaros y habían dado al Imperio numerosos soldados de extraordinaria capacidad. Lejos de pertenecer a las antiguas familias senatoriales de Roma, Aureliano procedía de un ambiente mucho más humilde, circunstancia que no impidió su ascenso gracias a las profundas transformaciones que experimentó el ejército romano durante el siglo III. Las reformas impulsadas por emperadores anteriores, especialmente Galieno, permitieron que hombres sin un origen aristocrático pudieran alcanzar los más altos mandos militares si demostraban valor, disciplina y capacidad de liderazgo. En ese nuevo contexto, Aureliano encontró la oportunidad de construir una brillante carrera basada exclusivamente en sus méritos.

Desde muy joven abrazó la vida militar y pronto adquirió fama de soldado resistente, disciplinado y extremadamente exigente, tanto consigo mismo como con quienes servían bajo su mando. Durante décadas combatió en diferentes fronteras del Imperio, enfrentándose a germanos, sármatas y otros pueblos que presionaban continuamente las defensas romanas. Aquella experiencia le permitió conocer de primera mano los verdaderos problemas del Estado romano. Mientras otros dirigentes permanecían alejados de la realidad de las provincias fronterizas, Aureliano comprendió que la supervivencia del Imperio dependía tanto de la eficacia del ejército como del correcto funcionamiento de la administración que debía abastecerlo. Aprendió que una legión podía perder una campaña no por falta de valor, sino porque los suministros llegaban tarde, porque los soldados no cobraban su paga o porque la corrupción desviaba recursos destinados a la defensa.
Claudio II

Cuando el emperador Galieno fue asesinado en el año 268, Aureliano apoyó la proclamación de Claudio II como nuevo emperador. Durante el breve reinado de Claudio destacó nuevamente por su capacidad militar y se convirtió en uno de sus colaboradores más importantes. Tras la muerte de Claudio, víctima de la peste en el año 270, y después del efímero reinado de Quintilo, las tropas proclamaron emperador a Aureliano. Su llegada al poder se produjo en uno de los momentos más críticos de toda la historia romana. El Imperio ya no era una unidad política. En Occidente existía el llamado Imperio Galo, que controlaba Britania, la Galia y parte de Hispania. En Oriente, el poderoso reino de Palmira, gobernado por Zenobia en nombre de su hijo Vabalato, dominaba Siria, Egipto y buena parte de Asia Menor. Entre ambos territorios quedaba el núcleo central del Imperio, gobernado desde Italia pero sometido a una presión constante por las invasiones bárbaras.

 Aureliano comprendió que antes de intentar reconquistar el Imperio debía fortalecerlo desde su interior. Su primera fue reconstruir los mecanismos del Estado que permitían sostener el esfuerzo militar. Esa decisión demuestra que no era únicamente un brillante general, sino también un auténtico estadista capaz de pensar en el largo plazo. Sabía perfectamente que ningún ejército podía permanecer fiel si no recibía regularmente su salario y que ninguna población apoyaría al emperador si sufría escasez de alimentos o veía cómo la corrupción enriquecía a unos pocos mientras la mayoría soportaba las consecuencias de la crisis.

Con esa idea emprendió una profunda reorganización de la administración financiera. Una de sus primeras medidas fue intervenir directamente en la producción de moneda, especialmente en la importante ceca de Siscia, situada en Panonia. Allí saneó la fabricación de moneda y garantizó emisiones más fiables que permitieran pagar con regularidad a las tropas. Poco después dirigió su atención hacia la ceca de Roma, donde descubrió una compleja red de corrupción protagonizada por funcionarios y personajes influyentes que manipulaban la acuñación de moneda para obtener enormes beneficios personales. 

La respuesta de Aureliano fue inmediata y extraordinariamente enérgica. La intervención imperial provocó una violenta revuelta encabezada por un funcionario llamado Felicísimo, que logró movilizar a numerosos trabajadores de la ceca. La rebelión fue aplastada sin contemplaciones, Felicísimo murió durante los enfrentamientos y la ceca volvió a quedar bajo un control mucho más estricto del Estado. Aquella victoria no solo eliminó un importante foco de corrupción, sino que envió un mensaje inequívoco a toda la administración imperial: bajo el gobierno de Aureliano ya no habría espacio para quienes antepusieran sus intereses particulares a las necesidades del Imperio.


Después de consolidar estas primeras reformas, Aureliano compareció ante el Senado para recibir el reconocimiento oficial de su autoridad. Aunque respetó formalmente aquella antigua institución, era plenamente consciente de que su influencia política había disminuido enormemente durante las décadas anteriores. El verdadero poder descansaba ahora en el ejército y en el propio emperador, que gobernaba con una autoridad mucho más directa que la de sus predecesores. Sin embargo, apenas permaneció unos días en Roma. Los problemas acumulados en las fronteras exigían nuevamente la presencia de un emperador soldado. Muy pronto abandonó la capital para dirigirse hacia el norte de Italia, donde nuevas invasiones germánicas amenazaban el corazón mismo del Imperio. 

Apenas había abandonado Roma cuando una poderosa coalición de pueblos germánicos cruzó los Alpes y penetró en la península. Entre aquellos invasores se encontraban alamanes, jutungos y otros grupos que llevaban décadas presionando las fronteras del Imperio. Su objetivo no era conquistar territorio de forma permanente, sino saquear las ricas ciudades italianas y regresar cargados de botín antes de que las legiones pudieran reaccionar. Aquella forma de combatir suponía un desafío completamente distinto al de las guerras tradicionales. Ya no se trataba de enfrentarse a un ejército enemigo dispuesto a presentar batalla en un lugar determinado, sino de perseguir bandas muy móviles que aparecían y desaparecían constantemente, obligando al ejército romano a realizar largas marchas y rápidas maniobras. Este estilo de combate lo seguirán usando tribus germanicas como los godos.

Los primeros enfrentamientos no fueron favorables para Aureliano, sin embargo, Aureliano no se dejó vencer por el desánimo. Aprendió rápidamente de los errores cometidos y reorganizó sus fuerzas para adaptarse a la nueva forma de combatir de los invasores. Durante meses persiguió a los germanos a través del norte y el centro de Italia, librando combates en lugares como Fano, el río Metauro y, finalmente, las proximidades de Ticinum, la actual Pavía. Fue allí donde consiguió una victoria mucho más contundente, derrotando a los invasores en una batalla campal que devolvió la confianza al ejército y alejó, al menos temporalmente, el peligro inmediato sobre Italia.

Aquellas campañas convencieron definitivamente al emperador de que incluso Roma necesitaba una defensa permanente. Desde hacía siglos la capital había permanecido prácticamente desprotegida, confiando en que ningún enemigo llegaría jamás hasta sus puertas. Aureliano comprendió que aquella época había terminado. Por ello ordenó levantar una gigantesca línea defensiva alrededor de la ciudad, conocida desde entonces como las Murallas Aurelianas. Aquella obra de ingeniería militar no solo tenía un evidente valor estratégico, sino también un enorme significado político. Las nuevas fortificaciones transmitían a la población una sensación de seguridad y, al mismo tiempo, servían como demostración visible de que el emperador estaba dispuesto a proteger el corazón del Imperio frente a cualquier amenaza. Con sus altas murallas, torres y puertas fortificadas, Roma recuperaba la imagen de una ciudad preparada para resistir un asedio si alguna vez llegaba a producirse.

Mientras tanto, los acontecimientos en Oriente evolucionaban con enorme rapidez. Aprovechando las dificultades que atravesaba Roma, la reina Zenobia había transformado el antiguo reino aliado de Palmira en una auténtica potencia regional. Tras la muerte de su esposo Odenato, gobernaba como regente de su hijo Vabalato y había iniciado una ambiciosa política expansionista. Bajo su dirección, los ejércitos palmirenos conquistaron Arabia Petra, sometieron importantes ciudades como Bostra y aseguraron el control de las rutas comerciales que atravesaban el desierto. Poco después dirigieron su mirada hacia Egipto, la provincia más rica del Imperio Romano y principal suministradora de grano para la población de Roma. La conquista de Egipto constituyó un golpe durísimo para la autoridad imperial. Además de perder una región extraordinariamente próspera, Roma veía amenazado el abastecimiento de alimentos para millones de personas.

Zenobia no se conformó con dominar Siria y Egipto. Sus ejércitos avanzaron también sobre buena parte de Asia Menor, consolidando un territorio que se extendía desde el valle del Nilo hasta Anatolia. Aunque oficialmente seguía presentándose como aliada de Roma y hacía acuñar monedas donde aparecían conjuntamente los retratos de Aureliano y del joven Vabalato, en la práctica Palmira actuaba como un Estado completamente independiente. La reina aspiraba a construir un gran imperio oriental heredero de la tradición romana, profundamente influido por la cultura griega, siria y egipcia, capaz incluso de sustituir algún día a una Roma que muchos consideraban condenada a desaparecer. Para Aureliano aquella situación era absolutamente inaceptable. Sin embargo, consciente de que todavía no disponía de los recursos necesarios para intervenir en Oriente, decidió esperar pacientemente hasta consolidar primero las fronteras occidentales.
Esa paciencia caracterizó buena parte de su forma de gobernar. Una vez pacificada Italia y estabilizada la situación militar en el Danubio, comenzó a preparar cuidadosamente la gran campaña destinada a reunificar el Imperio. Antes incluso de enfrentarse directamente a Zenobia, recuperó el control de Egipto, restableciendo el suministro regular de grano hacia Roma y privando a Palmira de uno de sus principales recursos económicos. Aquella recuperación fortaleció enormemente su posición estratégica y permitió asegurar la retaguardia antes de penetrar en Asia Menor.

Cuando finalmente cruzó el Helesponto e inició la invasión de los territorios controlados por Palmira, muchas ciudades le abrieron voluntariamente sus puertas. Numerosas comunidades de Anatolia comprendieron que el poder de Roma estaba resurgiendo y prefirieron someterse antes que sufrir las consecuencias de una resistencia inútil. Solo algunas plazas ofrecieron oposición. En una de ellas, la ciudad de Tiana, Aureliano estuvo a punto de ordenar un castigo ejemplar por haberse negado inicialmente a rendirse. Sin embargo, una vez conquistada decidió perdonar a sus habitantes, demostrando que también sabía utilizar la clemencia como instrumento político. Aquella decisión tuvo importantes consecuencias, pues muchas otras ciudades optaron desde entonces por recibir pacíficamente al emperador, acelerando considerablemente el avance de las legiones hacia Siria.

En la primavera del año 272 Aureliano  avanzó hacia Siria con el propósito de destruir definitivamente el poder de Palmira. Sabía que se enfrentaba a un enemigo extraordinariamente capaz. Zenobia no solo había conseguido levantar un imperio en muy pocos años, sino que además disponía de generales experimentados, un ejército numeroso y una caballería pesada considerada entre las mejores de Oriente. Sus famosos catafractos y clibanarios, completamente protegidos por armaduras metálicas al igual que sus caballos, constituían una fuerza de choque capaz de romper cualquier formación enemiga si conseguían lanzar una carga en terreno abierto. Frente a ellos, Aureliano debía confiar en la disciplina de sus soldados y, sobre todo, en su inteligencia táctica.

El primer gran enfrentamiento tuvo lugar cerca de Antioquía, en un paraje conocido como Immae. Allí ordenó a su caballería ligera iniciar el combate y, poco después, fingir una retirada desordenada. Los jinetes de Palmira, convencidos de que los romanos huían, se lanzaron a perseguirlos con toda su fuerza. Sin embargo, el enorme peso de las armaduras y el intenso calor de la llanura siria agotaron rápidamente a aquellos caballos y a sus jinetes. Cuando Aureliano consideró que el enemigo había perdido la cohesión, ordenó a su caballería girar repentinamente y contraatacar. El resultado fue devastador. Los clibanarios, exhaustos y dispersos, fueron derrotados en una batalla que destruyó buena parte del prestigio militar de Palmira. El general Zabdas apenas consiguió escapar con los restos de su ejército, refugiándose en Antioquía junto a los supervivientes.
La derrota provocó una situación tan comprometida que los dirigentes de Palmira recurrieron incluso al engaño para mantener la moral de la población. Se difundió el rumor de que Aureliano había sido capturado y, según algunas fuentes antiguas, llegó a presentarse públicamente a un hombre vestido con las insignias imperiales para hacer creer que el emperador romano había caído prisionero. El engaño apenas duró unas horas. Al día siguiente Aureliano entró victorioso en Antioquía al frente de sus legiones y fue recibido como un libertador.

Mientras reorganizaba la administración de Antioquía, Aureliano también intervino en algunos conflictos religiosos que dividían a la comunidad cristiana de la ciudad. Aunque seguía siendo un emperador profundamente pagano, comprendía perfectamente la creciente influencia del cristianismo en Oriente. Por ello respaldó la sustitución del obispo Pablo de Samosata, cuya autoridad estaba siendo discutida, favoreciendo a quienes permanecían fieles a la Iglesia de Roma. Aquella decisión demuestra que Aureliano comenzaba a entender la importancia política que las nuevas comunidades cristianas tendrían en el futuro del Imperio, incluso aunque él todavía siguiera defendiendo las antiguas tradiciones religiosas romanas.

La guerra, sin embargo, estaba lejos de terminar. Zenobia reunió las tropas que aún conservaba y estableció una nueva línea defensiva en las proximidades de Emesa, la actual Homs.
La batalla de Emesa resultó aún más dura que la de Immae. Aureliano intentó repetir la maniobra que tan buenos resultados le había dado semanas antes, ordenando nuevamente una retirada simulada de su caballería. En esta ocasión, sin embargo, la situación fue muy distinta. Los jinetes de Palmira estaban preparados y lograron alcanzar a buena parte de la caballería romana, causándole importantes pérdidas, pero. observó que la persecución había desordenado completamente las líneas enemigas y lanzó entonces al combate a la infantería legionaria junto con las tropas auxiliares palestinas. Mientras la caballería de Palmira avanzaba dispersa, los legionarios golpearon con enorme fuerza sobre sus flancos, rompiendo definitivamente la formación rival. La disciplina de las legiones volvió a imponerse sobre el ímpetu de la caballería oriental y la batalla terminó con una nueva victoria para Roma.
Después de Emesa, el destino del reino palmireno estaba prácticamente decidido. Zenobia comprendió que ya no podía derrotar militarmente a Aureliano y se retiró hacia su magnífica capital, la ciudad de Palmira, situada en pleno desierto sirio. Aquella ciudad era una de las maravillas del mundo oriental. Enriquecida durante siglos gracias al comercio entre el Mediterráneo, Persia y Arabia, estaba adornada con templos, columnatas y palacios que reflejaban la inmensa riqueza acumulada por sus comerciantes. Sin embargo, toda aquella prosperidad dependía ahora del resultado de un último asedio. Las legiones romanas rodearon la ciudad mientras Aureliano exigía la rendición incondicional de la reina. Zenobia rechazó inicialmente cualquier negociación, convencida de que aún podía recibir ayuda del Imperio sasánida. No obstante, cuando comprendió que esa ayuda nunca llegaría, intentó escapar cruzando el desierto para buscar refugio más allá del Éufrates. Su huida fue descubierta por los exploradores romanos y acabó siendo capturada antes de alcanzar territorio persa.

Con Zenobia prisionera y Palmira obligada a rendirse, Aureliano había eliminado el mayor desafío político y militar que Roma había afrontado en Oriente desde hacía décadas. El Imperio volvía a controlar Siria, Egipto y Asia Menor. Sin embargo, la reunificación aún no estaba completa. En Occidente seguía existiendo el llamado Imperio Galo, cuya incorporación sería el último gran objetivo del emperador antes de poder afirmar que había restaurado por completo la unidad del mundo romano.

Tras la captura de Zenobia, el emperador mostró una actitud mucho más moderada de lo que muchos esperaban. La reina no fue ejecutada inmediatamente, como era habitual en aquella época con los enemigos derrotados, sino que fue conservada con vida para participar más adelante en el triunfo que el emperador celebraría en Roma. Palmira se rindió y aceptó nuevamente la autoridad imperial, mientras sus habitantes confiaban en que el conflicto hubiera terminado para siempre. Sin embargo, poco después de la marcha del ejército romano estalló una nueva rebelión en la ciudad, alentada por quienes todavía soñaban con restaurar el antiguo reino. Esta vez la respuesta de Aureliano fue mucho más severa. El emperador regresó rápidamente, sofocó la revuelta con absoluta contundencia y permitió que la ciudad fuera saqueada. Aquella decisión marcó el final definitivo de Palmira como gran potencia comercial del Oriente romano. La espléndida ciudad que durante décadas había servido de puente entre Roma y Persia jamás recuperaría el esplendor político y económico que había alcanzado bajo Odenato y Zenobia.
Con Oriente completamente pacificado, Aureliano pudo concentrarse en el último gran problema que seguía amenazando la unidad del Imperio: el llamado Imperio Galo. Desde hacía años las provincias de la Galia, Britania y parte de Hispania permanecían separadas de la autoridad central y gobernadas por emperadores propios. En un principio aquella separación había servido para proteger las fronteras occidentales durante los peores momentos de la crisis del siglo III, pero con el paso del tiempo se había convertido en una verdadera escisión política. Afortunadamente para Aureliano, la situación interna del Imperio Galo era muy distinta a la de Palmira. Tras la muerte de Póstumo, el fundador de aquel Estado, se habían sucedido varios gobernantes incapaces de mantener la estabilidad. El último de ellos, Tétrico, heredó un territorio agotado por las guerras, las dificultades económicas y la creciente presión de los pueblos germánicos. Muchos dirigentes provinciales empezaban a comprender que únicamente una Roma fuerte podría garantizar la supervivencia de Occidente.

La campaña fue rápida. Aureliano avanzó hacia la Galia al frente de un ejército experimentado y curtido tras años de campañas ininterrumpidas. Ambos contendientes se enfrentaron finalmente en la batalla de Châlons, también conocida como batalla de los Campos Cataláunicos, en el año 274. Aunque las fuentes antiguas no ofrecen demasiados detalles sobre el desarrollo del combate, todo indica que la victoria romana fue clara. Tétrico acabó rindiéndose y el llamado Imperio Galo desapareció definitivamente. Gracias a aquella victoria, Britania, la Galia e Hispania regresaban a la obediencia de Roma, completándose así la reunificación territorial del Imperio. En apenas cuatro años Aureliano había recuperado todas las provincias perdidas y había conseguido lo que pocos consideraban posible cuando fue proclamado emperador.
El regreso a Roma fue apoteósico. El Senado y el pueblo recibieron al emperador con uno de los triunfos más espectaculares celebrados durante el Bajo Imperio. Las calles de la capital contemplaron desfilar los tesoros capturados en Oriente y Occidente, los prisioneros de guerra y numerosos símbolos de las victorias conseguidas. Entre ellos destacaba la propia Zenobia, convertida ya en el personaje más famoso del desfile triunfal. Las fuentes antiguas describen cómo la antigua reina de Palmira caminó cargada de joyas y cadenas de oro, ofreciendo una imagen destinada a simbolizar el sometimiento definitivo de Oriente al poder romano. Tras la ceremonia, sin embargo, parece que Aureliano le permitió vivir el resto de su vida en Italia con una existencia relativamente tranquila, un gesto que revela nuevamente que el emperador sabía combinar la firmeza militar con cierta generosidad hacia sus enemigos derrotados cuando las circunstancias lo permitían.

Las campañas militares no fueron el único legado de Aureliano. Paralelamente impulsó un amplio programa de reformas destinado a fortalecer el Estado y evitar que el Imperio volviera a atravesar una crisis semejante. Continuó reorganizando el sistema monetario para frenar la inflación y mejorar la confianza en la moneda imperial. Reforzó la administración, aumentó el control del poder central sobre las provincias y procuró garantizar el abastecimiento regular de alimentos a la población de Roma, consciente de que el bienestar de las clases populares era un elemento esencial para mantener la estabilidad política. Del mismo modo, consolidó un modelo de autoridad imperial mucho más centralizado que el de épocas anteriores. El emperador dejaba de ser simplemente el primero entre los ciudadanos para convertirse en la máxima autoridad política, militar y administrativa del Estado.

En el terreno religioso también introdujo cambios importantes. Convencido de que un Imperio reunificado necesitaba símbolos comunes capaces de reforzar su cohesión, impulsó el culto al Sol Invicto, una divinidad solar que debía actuar como elemento unificador por encima de las múltiples creencias existentes en las diferentes provincias. Aureliano ordenó construir un gran templo dedicado al Sol en Roma y promovió oficialmente su culto, convencido de que una religión de carácter universal podía fortalecer la unidad política del Imperio. Aunque el cristianismo continuaba extendiéndose con rapidez, el emperador intentó ofrecer una alternativa religiosa que reforzara la figura del soberano y la cohesión del Estado. Aquella política tendría una notable influencia en las décadas posteriores y prepararía, de algún modo, el camino hacia la profunda transformación religiosa que viviría el Imperio durante el siglo IV.
Paradójicamente, después de haber superado invasiones, guerras civiles y enormes campañas militares, la vida de Aureliano terminó de una forma tan inesperada como injusta. En el año 275, mientras preparaba una nueva expedición contra el Imperio sasánida, fue víctima de una conspiración organizada por algunos miembros de su entorno más cercano. Todo parece indicar que un funcionario llamado Eros, temiendo ser castigado por diversas irregularidades, falsificó documentos haciendo creer a varios oficiales que el emperador planeaba ejecutarlos. Convencidos de que su vida corría peligro, los conspiradores decidieron adelantarse y asesinaron a Aureliano durante el viaje hacia Oriente. El hombre que había salvado al Imperio murió, no en un campo de batalla, sino a manos de quienes debían protegerlo.

Su desaparición dejó un enorme vacío político. Afortunadamente, gran parte de las reformas que había impulsado sobrevivieron a su muerte y sirvieron de base para la gran reorganización que años más tarde llevaría a cabo Diocleciano. Muchos historiadores consideran que, sin la obra de Aureliano, el Imperio Romano difícilmente habría sobrevivido el tiempo suficiente para emprender las reformas del final del siglo III. Su capacidad para reunificar el territorio, restaurar la autoridad imperial, reorganizar el ejército y devolver la confianza a la administración convirtió su reinado en uno de los más importantes de toda la Antigüedad tardía.

No es casualidad que la historia lo recuerde con el título de Restitutor Orbis, el Restaurador del Mundo. Aureliano heredó un Imperio dividido, empobrecido y al borde del colapso, y en apenas cinco años consiguió devolverle la unidad, la estabilidad y el prestigio internacional. Fue un emperador severo, exigente y, en ocasiones, implacable, pero también un gobernante extraordinariamente capaz, dotado de una visión política poco común entre sus contemporáneos. Gracias a su energía y a su talento militar, Roma logró superar uno de los momentos más críticos de su historia y pudo seguir siendo durante muchos años la principal potencia del Mediterráneo. Aunque otros emperadores alcanzaron una fama mayor, pocos realizaron una obra tan decisiva en tan poco tiempo como la que llevó a cabo Aureliano, uno de los auténticos salvadores del Imperio Romano.

jueves, 2 de abril de 2026

Hispania 4 El juego de tronos romano

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Tras la muerte de Cómodo, al igual que ocurrió con Domiciano, el Senado nombró como emperador al venerable anciano Publio Helvio Pértinax, realmente muy a su pesar. En esta época, la guardia pretoriana alcanzó un gran poder y esta misma, que lo puso, al ver que el emperador títere quería hacer reformas fiscales como reducir sus pagas, decidió matarlo rápidamente; duró 3 meses.

A continuación, viéndose la guardia pretoriana con el poder real de Roma, decidieron subastar el título de emperador; esto habla mucho de cuánto habían caído las instituciones romanas. Un rico senador llamado Marco Didio Juliano se presentó al puesto ofreciendo una gran suma de dinero, 25 000 sestercios por soldado, un precio bastante caro para comprar su muerte. Ante este caos, varios gobernadores se levantaron para reclamar para sí mismos la púrpura y el más rápido fue el del Danubio, Lucio Septimio Severo, que se apresuró en llegar a Roma con sus legiones. Rápidamente, los pretorianos y el Senado abandonaron al desdichado Didio Juliano, al que ejecutaron en el momento; apenas gobernó 2 meses. Esto sí que era un auténtico "juego de tronos".

Septimio Severo fue proclamado emperador, el primer africano en hacerlo, y viendo el panorama mimó al ejército subiéndoles el sueldo; los necesitaba contentos para poder seguir en el poder y vivo. Le dio más privilegios a los soldados y aumentó enormemente el número que componía al ejército. Viendo un potencial enemigo en ellos, redujo el poder del Senado y disolvió la guardia pretoriana creando otra formada solo por legionarios. Alcanzaría buena fama al mantener el orden, aunque sea a la fuerza, y consiguió gloria militar al mantener las fronteras, vencer a usurpadores y derrotar gloriosamente a los partos.

Económicamente no fue tan brillante, ya que era caro mantener tantas legiones y no podía bajarles el sueldo, y acabó teniendo que devaluar la moneda generando inflación seguida de crisis económicas. La espina militar la tuvo en Britania, que se había debilitado y apenas podían aguantar a los pictos; tuvo que ir en persona para combatirlos o al menos apaciguarlos, pero allí enfermaría y encontraría su muerte. Antes de morir, y con el sueño de crear una dinastía imperial, nombró a sus dos hijos coemperadores: Lucio Septimio Basiano, al que su padre cambió el nombre a Marco Aurelio Antonino en un intento de dar la apariencia que descendía de Marco Aurelio (aunque pasaría a la fama como Caracalla por el nombre de una capa con capucha que usaba y que puso de moda), y Publio Septimio Geta, que era el hermano menor.

El problema era que estos se odiaban y llegaron incluso a discutir el dividir el imperio. En el 211, Caracalla mandó a su guardia pretoriana que matase a Geta —no llegó a ser coemperador ni un año— y así mandar en solitario, creando un estado del terror donde mataría a los partidarios de Geta y a cualquiera que le contradiciera; se cree que mató a 20 000 personas. Dio la ciudadanía romana a todo ciudadano libre del imperio, aunque solo lo hizo para poder recaudar más impuestos ante la falta de liquidez que tenía el imperio. Conforme pasaban los años se volvió más tirano y mataba a cualquiera de su círculo interno por motivos triviales, y estos, al sentir el miedo, decidieron matarlo en el 217, al igual que le pasó a Nerón o Cómodo.

Se autoproclamaría como emperador Marco Opelio Macrino e intentó gobernar con el favor del ejército, pero una derrota con los partos —donde hizo un pacto deshonroso para apaciguarlos dándoles mucho dinero que salió de las arcas de Roma— hizo que perdiera su favor. Duró menos de un año gobernando y, en cuanto se vio abandonado, huyó, pero fue capturado y ejecutado.

Fue sustituido por Sexto Vario Avito Basiano, que llegó al trono imperial con solo 14 años; sería recordado después de su muerte como Heliogábalo al ser sacerdote del dios solar de Emesa llamado El-Gabal. Llegó a través de una conjura organizada por su abuela, que hizo correr el rumor de que era hijo de Caracalla junto con pagos de sobornos; seguimos con el «juego de tronos». Heliogábalo solo fue un títere en manos de las mujeres de su familia, el poder en la sombra; sus excentricidades religiosas y el terror a una muerte arbitraria hizo que solo gobernara 4 años, siendo asesinado él y su madre por la guardia pretoriana.

Fue sucedido por su primo Marco Julio Gesio Basiano Alexiano o, más conocido como, Marco Aurelio Severo Alejandro. Cogería el nombre de Alejandro al nacer cerca de un templo en Fenicia en honor a él, aunque de él solo tendría su nombre. Tuvo un gobierno dirigido por su madre y diferentes senadores que hacían de validos; también padeció una crisis económica donde nuevamente se tuvo que devaluar la moneda, lo que a la larga complicaría aún más el problema. Su mayor crisis fue contra los pueblos germánicos que cruzaban el Rin y saqueaban la Galia; ya se había granjeado la antipatía del ejército por bajarles el sueldo, pero al no poder vencer a los bárbaros y tener que pactar con ellos, estos vieron una buena justificación y lo mataron a él y a su madre en el 235, terminando así la dinastía de los Severos.

Tras la muerte de los Severos se inició un periodo de inestabilidad en el Imperio que se denomina la crisis del siglo III, donde llegaron a ser emperadores-soldados de breve duración y origen bárbaro un total de 26 en solo 50 años, de los que todos menos uno tuvieron muertes violentas. Esto ocurrió al carecer de un emperador con legitimidad real y que centralizara los ejércitos; en cambio, los ejércitos estaban divididos y dirigidos por los gobernadores de las provincias, que eran quienes reclutaban y pagaban a los soldados que, a falta de romanos, iban incluyendo cada vez más bárbaros, que a su vez iban subiendo en el rango militar. Solo hacía falta un gobernador provincial con delirios de grandeza que creyera que se merecía la púrpura para que se levantara a la mínima ocasión, y egos así había de sobra.
Empezaría con Maximino el Tracio, un auténtico gigante que dirigía a las tropas que mataron a Alejandro Severo y se preguntó: «¿Por qué no?». Y lo nombraron emperador; llegó fácil al actuar rápido y no dar tiempo a que se moviera nadie más, pero, aunque intentó crear una dinastía, moriría tres años después, en 238. También con el apoyo del ejército de África y el Senado proclamaron emperador al anciano Gordiano I y a su hijo como sucesor, Gordiano II, pero apenas duró un mes el sueño imperial al morir a manos del gobernador de Mauritania, fiel a Maximino; otra dinastía truncada. El Senado nombró a otros dos emperadores, Pupieno y Balbino, que pusieron en aprietos al ejército de Maximino, quienes, viendo la derrota, no dudaron en matarlo a él y a su hijo y coemperador Cayo Julio Vero Máximo. Estos dos impopulares emperadores disfrutaron de noventa y nueve días como tales hasta que los mataron los pretorianos y pusieron al nieto de Gordiano I, Gordiano III: otro intento de crear dinastía. Gordiano III solo tenía 13 años, así que lo tuteló el prefecto de los pretorianos, lo que ayudaba a seguir con vida al menos mientras le fueras útil; al morir este, fue sustituido por Marco Julio Filipo el Árabe, quien, al no querer estar a la sombra, mataría a Gordiano III (aguantó seis años) y se puso a sí mismo de emperador. Filipo duraría en el cargo cinco años, tiempo para celebrar unos grandes juegos por la llegada de Roma al año 1000, pero el pan y circo no era suficiente y las rebeliones estallaban, así que decidió mandar a sofocar una en el Danubio a Cayo Mesio Quinto Trajano Decio, que al llegar allí le proclamaron emperador y regresó a Italia donde mataría a Filipo; esto sí que es que te salga el tiro por la culata. Recordemos también a los godos, que entrarían en la historia de Roma en esta época de caos que los bárbaros tan bien sabían aprovechar; con Gordiano III sería su primer contacto, llegando a acuerdos con los godos para pagar un subsidio para que no los ataquen, pero esto no contentaría a ambos, con lo que con Filipo volverían los combates. Como ya comentamos, los godos no eran una unidad y continuamente aparecían nuevas confederaciones godas, y la más famosa de entonces, la de Ostrogotha, le tocó combatir a Filipo, aunque, como empezó a ser común, se solucionó pagando a los godos para que se fueran a dar follón a otra parte.

Decio, aun intentando restaurar los viejos valores persiguiendo a los cristianos para ello, apenas duró dos años; fue muerto en combate junto con su hijo y coemperador Quinto Herenio contra los godos en la Tracia en 251. Se proclamó emperador a Cayo Vibio Afinio Treboniano Galo, aunque para mantener las apariencias nombró coemperador títere a Cayo Valente Hostiliano, hijo de Decio, que a la par solo viviría cuatro meses más, nombrando a continuación a su hijo Cayo Vibio Volusiano como coemperador. Este también pagaría a los godos para que se fuesen, pero no era un buen precedente ni para los otros godos o los bárbaros en general, y desbordaron las fronteras por todos lados, cruzando las fronteras grupos como los alamanes y los francos.

Ante este caos, Marco Emilio Emiliano, gobernador de Moesia y Panonia, se rebeló y se nombró emperador y marchó a Italia, donde enfrentó y dio muerte a Treboniano Galo y a su hijo en 253. Su reinado de 88 días acabó cuando Publio Licinio Valeriano fue proclamado también emperador y marchó contra Roma; tal era su superioridad numérica que las propias tropas de Emiliano lo mataron y se unieron a Valeriano. Como era ya habitual, nombró a su hijo Publio Licinio Egnacio Galieno coemperador, pero era una empresa imposible: las fronteras caían por todos lados, el ejército no daba abasto y el caos y el pillaje campaban por todas las provincias del imperio. Valeriano intentó parar a los persas, pero fue capturado y desapareció de la historia; su hijo Galieno sería el único emperador nominal, pero en realidad apenas tenía poder y los gobernantes de las diferentes provincias gobernaban independientemente para defenderse de los ataques bárbaros. Galieno derrotó a los usurpadores, pero no pudo derrotar a Marco Casianio Latinio Póstumo, que formaría un independiente Imperio Galo que duraría desde 260 hasta 269. Galieno murió en el 268 traicionado por sus oficiales mientras combatía a Aureolo, otro usurpador.

Durante estos años, los bárbaros campaban a sus anchas por el imperio y unas tribus llamadas francos, que arrasaban las Galias sin que nadie los frenara, decidieron sobre el 260 cruzar los Pirineos y entrar en Hispania. En Hispania estaba gobernando Póstumo; como parte del Imperio Galo, llegó a controlar toda la Galia, parte de Germania, Hispania y Britania. Hispania sería un auténtico caos: el Imperio Galo apenas podía mantener su independencia contra el emperador de Roma y los bárbaros asolarían zonas enteras sin encontrar oposición. A falta de un poder imperial real, los gobernadores de la zona se defendieron como pudieron, llegando a crear rudimentarias murallas alrededor de ciudades para aguantar el asedio. No hay mucha documentación de la época, pero los restos arqueológicos no dan lugar a dudas.

Empúries fue arrasada y ya nunca recuperaría su esplendor; Barcino fue arrasada y reconstruida sobre sus ruinas; las ruinas de Tarraco se mantuvieron sin reconstruir durante siglos. Los francos, que no buscaban conquista sino solo el pillaje, fueron atravesando y destrozando ciudades y cogiendo todo lo de valor. La ruina cruzaría ciudades como Baetulo, Lucentum (Alicante), Dianium (Denia), Sucrona (Cullera), Clunia (Peñalba de Castro), Malaca o Ilici. Llegaron a apoderarse de los barcos de los puertos y lograron llegar a lugares tan lejanos como Mauritania. Tanta fue la destrucción que acabaron con gran parte del comercio; como ejemplo, tenemos que fue en esta época en la que salieron de la Bética las últimas ánforas de aceite que irían a Roma. Sin duda, una época terrible de caos y anarquía.

Los desastres no vienen solos y el desastre en Occidente se repetiría en Oriente. En Siria había una ciudad llamada Tadmor, también conocida como Palmira; era el legendario reino del rey Salomón. Era una rica ciudad que se benefició de estar en la ruta comercial de las caravanas que venían de Oriente a Roma. Cayó en manos de Roma y ya en la época de Adriano serían ascendidos a romanos.

Odenato sería el gobernador de Palmira cuando fue capturado Valeriano por los persas y peligraba la posición de su reino; decidió permanecer fiel a la débil y lejana Roma, un imperio en clara decadencia que le permitía tener mucha libertad, cosa que la todopoderosa e invencible Persia no le iba a permitir. Lucharía contra Persia consiguiendo grandes victorias y el emperador Galieno le recompensaría nombrándolo príncipe hereditario de Palmira y gobernador de las provincias orientales de Roma; Galieno realmente lo necesitaba ya que tenía que concentrarse en Occidente y sin él hubiese perdido esas provincias ante los persas. Pero en 267 Odenato y su hijo fueron asesinados por su sobrino Meonio, momento en que entraría en escena Septimia Zenobia, esposa de Odenato, que le sucedería como reina regente de su hijo Vabalato, que contaba con tan solo un año. Gobernaría encadenando triunfos contra los persas hasta que, tras la muerte de Galieno en 268, con gran arrojo y audacia decidió no solo considerarse reina de Palmira sino emperatriz de todos los territorios orientales de Roma, considerando que Roma no podía defenderlos y seguían independientes gracias a Palmira; dominaba toda Siria pero también invadiría Egipto y gran parte de Anatolia.

Todos estos acontecimientos dan un marco general desastroso para el Imperio romano en medio de dos imperios nacientes, el galo y el de Palmira, incursiones de bárbaros por el norte y conjuras y traiciones en el interior; cualquiera que viese esta foto no daría ni un duro por él, pero a veces la historia es caprichosa y en épocas de crisis aparecen personas notables que logran lo imposible y alargarían la historia del Imperio romano otros dos siglos.

En el 268, el ejército nombró como emperador a Marco Aurelio Claudio, más conocido como Claudio II, de origen ilirio y de gran talento militar. Derrotó al usurpador Aureolo, vencería a los alamanes en los Alpes y se desplazaría a Moesia, donde propinaría una gran derrota a los godos, consiguiendo el nombre de "el Gótico" y poniendo paz en las fronteras del norte del imperio. En el 269, Póstumo sería asesinado, desestabilizándose el Imperio Galo y siendo sustituido por varios emperadores poco capaces de corta vida; Hispania volvería bajo el Imperio Romano, que parecía volver a renacer de sus cenizas. Claudio II murió en el 270 por una enfermedad, haciendo un último servicio al imperio al nombrar a un gran sucesor: Lucio Domicio Aureliano, compatriota y jefe de su caballería.

Los bárbaros pretendieron aprovechar el cambio de emperador para volver a luchar, pero dieron con que Aureliano era tan bueno o más que su predecesor, venciendo con contundencia a alamanes y al rey godo Canabaudes, poniendo fin a las guerras godas y siendo nombrado como Gothicus Maximus. Habiendo caído también el Imperio Galo, puso su mirada al este, al Imperio de Palmira. Una serie de luchas y rebeliones hizo que Aureliano tuviese que destruir completamente Palmira, hasta tal punto que desde entonces solo sería un puñado de ruinas hasta la actualidad lo que en su día fue una esplendorosa ciudad de cerca de 200 000 habitantes y capital de un efímero imperio.

Volvería a Roma justo después de absorber el débil Imperio Galo y, por volver a unificar el imperio, sería nombrado como Restitutor Orbis («Restaurador del Mundo»). Solo quedaba el gran Imperio Sasánida persa, e iría con el objetivo de vencerlo aprovechando el ascenso al trono del débil rey Bahram I, pero ese no sería su destino, ya que, aun restaurada en territorio, Roma seguía siendo Roma, y una conspiración por parte de su secretario logró que la Guardia Pretoriana lo asesinara; una indigna muerte para un emperador guerrero, quizás capaz de haber derrotado a los persas y haber alargado algo más a este corrupto imperio.

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domingo, 9 de noviembre de 2025

Hispania 3

Tras la muerte de Nerón vino un cambio de etapa, en ese momento Servio Sulpicio Galba siendo gobernador de la Tarraconense marchó a Roma y consiguió que lo nombrasen emperador. Apenas duró 7 meses, siendo muy impopular por su avaricia y crueldad. En ese escaso tiempo concedió a Clunia el rango de colonia romana y creó la Legio VII Galbiana, la única legión que durante mucho tiempo estaría en Hispania, sustituiría a la Victrix y de la que sirvió de núcleo para la ciudad de León. Otón lo mandó matar en el foro y ocupó su lugar durando menos tiempo aún, ya que no lo proclamaron en todo el imperio y luchó una guerra civil contra Vitelio que al final acabó ganándole, solo para descubrir que toda la parte oriental apoyaba a Tito Flavio Vespasiano y retomar la guerra civil que vencería este último, poniendo fin al año de los 4 emperadores, creando la dinastía de los Flavios y dando un poco de estabilidad al imperio.

En sus 10 años de gobierno serían muy conocidas sus grandes obras, construyendo templos en Roma y el Coliseo romano. Un hecho muy importante de su mandato fue que en el año 74 concedió a las provincias hispanas el ius latii minor, el derecho menor del Lacio, un rango solo inferior a la ciudadanía romana donde conseguían muchos derechos los hispanos, lo que cohesionó aún más a Hispania con Roma y ayudó a que se crearan muchos municipios nuevos. También supuso una rebaja de los impuestos y privilegios comerciales que mejorarían la economía de las ciudades y las castas que allí gobernaban, ayudando a estos a conseguir la ciudadanía romana, título que se heredaba y ascendían en los cargos públicos. Esto supuso un antes y un después, ya que al ser completamente romanizada sacó a todas las legiones excepto a la Legio VII Gemina, que no era otra que la Galbiana refundada, y la instaló donde antes se hallaba la Legio VI Victrix. Con el tiempo, alrededor de ella se formaría la ciudad de León, nombre que deriva directamente de Legio.

Sería sucedido por su hijo Tito Flavio Vespasiano . Fue continuista con la línea de su padre y demostró una gran generosidad con las víctimas ocasionadas por la erupción del Vesubio y con un incendio que hubo en Roma, lo que lo convirtió en un emperador muy popular pero muy breve: gobernó apenas 2 años. Sería sucedido por su hermano Tito Flavio Domiciano que duraría 15 años, más que su padre y su hermano juntos, eso sí, con un reinado bastante nefasto y despótico en el que fue odiado por el pueblo al que se presentaba como un dios que debía gobernarlos a todos desde su moral. A pesar de eso, en todo este tiempo tuvo una buena gestión del imperio con buenas medidas económicas como la revalorización de la moneda y una estricta política fiscal donde aumentó la recaudación, gracias a lo cual pudo mejorar al ejército y seguir con la reconstrucción de Roma y el reparto de donativos entre la plebe.

También fue continuista con su padre en seguir facilitando la ciudadanía romana a las provincias, lo que a los hispanos les ayudaría a seguir ascendiendo en la vida política, algo que se podrá ver poco después con emperadores de origen hispánico. Dentro de sus éxitos militares podemos destacar que sus legiones serían las que más lejos llegarían en dirección a Oriente en la historia de Roma, concretamente en Qobustán en el actual Azerbaiyán, en donde se encontró una inscripción donde pone Imp(eratore) Domitiano / Caesare Aug(usto) / Germanic(o) / L(ucius) Iulius / Maximus |(centurio) / leg(ionis) XII ful(minatae) que se leería: "En tiempos del emperador Domiciano César Augusto Germánico, Lucio Julio Máximo, (centurión) de la legión XII, la 'radiante'". Estamos hablando de un lugar remoto fuera del Imperio, donde hicieron una incursión, situado a 3757 KM de Roma.

En el año 96 fue asesinado por una conjura palaciega contra él y quemado el cadáver sin honores. El recuerdo de este emperador sería terriblemente exagerado por Plinio, Tácito y Suetonio, abiertamente enemigos de él y de toda la clase senatorial, que si bien tuvo un reinado muy discutible, estos historiadores dieron una imagen muy negativa de él que junto al damnatio memoriae destrozaría su imagen para siempre, privándonos de un retrato suyo más objetivo, la política de la cancelación de la época, que también favorecería a los siguientes emperadores presentándose como salvadores de la patria. Lo que sí que no se puede negar es que legó una economía con superávit, un ejército reforzado y una política exterior afianzada en los pactos para reforzar las fronteras en vez de un ciego expansionismo de las fronteras al coste de sangre y oro.

También añadir que, aunque se erigió a sí mismo como divino aumentando el culto al emperador, cesó toda persecución a las minorías religiosas como los judíos y los cristianos. Tampoco se puede negar que las semillas plantadas por él fueron recogidas por la dinastía Antonina, los llamados cinco emperadores buenos en el pacífico siglo II, emperadores que poco cambiaron las reformas hechas por Domiciano, solo aportaron más carisma y un poco más de mano izquierda. Vamos, yo creo que tampoco lo hizo tan mal.

A emperador muerto, emperador puesto, y a continuación colocaron a Marco Coceyo Nerva, un anciano senador que también fue un antiguo profesor de Domiciano. No era demasiado popular entre el ejército, pero al no tener hijos era ideal para dar un poco de estabilidad e ir colocando a su sucesor. Adoptó a su popular sucesor Marco Ulpio Trajano, que lo sucedería al morir este tan solo dos años después.

Trajano fue el primer emperador hispano y considerado uno de los mejores emperadores de Roma. Originario de una gran familia turdetana de Itálica, fue un destacado militar durante el reinado de Domiciano, pasando por Hispania, Germania Superior y Siria, y destacando con brillantez en la guerra dácia, siendo nombrado por Domiciano como gobernador de la Germania Inferior, donde demostraría sus dotes como administrador del territorio, ganándose el aprecio tanto del ejército como de los nativos.

Como emperador destacó por conseguir aumentar las fronteras del imperio, conquistando la Dacia, ampliando así la frontera y romanizando a sus habitantes. También es bien conocido por la cantidad de obras públicas que construyó. En Hispania, sus obras más destacadas son el Puente de Alcántara y el acueducto de Segovia. Hizo una buena reforma agraria con préstamos a agricultores, junto a bajadas de impuestos, lo que favoreció el comercio. Fue un gran emperador que supo también dejar bien arreglada su sucesión al adoptar a su sobrino segundo, el también hispanorromano Publio Elio Adriano, el primer emperador filósofo y que no decepcionó subiendo también al podio de los emperadores buenos. No fue un gran general como Trajano, que fue más un Julio César, pero sería un gran administrador del imperio como lo fue Octaviano.

En su caso, la sucesión estuvo menos clara y, tras un par de descartes, nombró a Antonino Pío con la condición de que adoptara a Lucio Aurelio Vero y a su sobrino Marco Aurelio para sucederle. Antonino Pío reinó durante 23 años, quizás los más pacíficos de la historia del imperio, donde desarrolló una política de tolerancia religiosa y refuerzo de las fronteras. Al morir, le sucedieron Lucio Vero y Marco Aurelio, aunque gobernó realmente este último, ya que Lucio Vero solo mostró interés por los placeres mundanos y poco por gobernar, aunque sí fue un buen general dirigiendo sus tropas, y eso haría hasta su muerte.

Marco Aurelio sería el que denominó Platón el rey filósofo. Era culto y sabio, como bien ha quedado reflejado en sus Meditaciones. De filosofía estoica, sería poco dado a los lujos y también reflexivo a la hora de afrontar los duros tiempos que le tocó vivir. Si Antonino disfrutó de pax, a él le tocó la guerra, ya que por todo el imperio venían avisos de ataques bárbaros. Se pondría a la cabeza del ejército contra los partos, los sármatas y los germanos y tuvo que gestionar una terrible epidemia, seguramente traída desde Partia, que duró 10 años. Murió batallando contra los germanos y tomaría la peor decisión de su vida para el futuro del imperio: ceder el título de emperador al tirano e inútil Lucio Aurelio Cómodo.

Hasta ahora, en la dinastía Antonina se elegía sucesor no necesariamente entre la familia sino entre la élite que destacaba como general y administrador, creando una continuidad dinástica a través de la adopción y marcando una línea continuista en sus políticas eficientes, llevando al imperio a un gran periodo de paz y de esplendor. Esto dejó de ser así al empeñarse Marco Aurelio en cederle el imperio a su hijo. Esto sentó un nefasto precedente de emperadores buenos que pasarían a manos de hijos inútiles, tiranos y desinteresados en el gobierno. En el caso de Cómodo no mostró interés en dirigir el imperio y cedió el control a uno de sus favoritos, mientras él se dedicaba a organizar juegos y regalar comida para contentar a la plebe, el famoso Panem et circenses. Esto vaciaría las arcas y tuvo que subir los impuestos, creando un descontento en su persona. Conforme sentía que su puesto peligraba, se volvió paranoico y mataría de forma aleatoria a cualquiera que pudiese culpar de la crisis que se produjo en el imperio. Junto a estos episodios hay que añadir que le gustaba ser gladiador y bajar a la arena para pelear. Todo esto acabó generando que se creara una conjura para matarlo y borrar su memoria (Damnatio Memoriae), nombrando inmediatamente como emperador a Publio Helvio Pertinax e iniciando así el año de los cinco emperadores. El imperio tenía bien engranado el sistema y las provincias podían funcionar de forma autónoma, pero este desequilibrio creó cierto desgaste donde los generales podían verse como aspirantes al trono por falta de legitimidad imperial, llevándonos al final a la crisis del siglo III, donde las fronteras se vieron superadas por los bárbaros y solo la aparición de grandes emperadores pudo lograr que el imperio recobrara su esplendor, eso sí, germanizando al imperio y usando a los bárbaros de contrapeso contra otros bárbaros.

Un episodio interesante durante el reinado de Marco Aurelio.

En el norte de África, donde fue conquistado por Roma el reino de Mauritania, había dos provincias: Mauritania Tingitana y Mauritania Cesariense. Mauritania Tingitana estaba justo al sur de Hispania, era un territorio que ocupa actualmente el noroeste de Marruecos, y que más tarde sería conocida como Hispania Transfretana, la que está más allá del estrecho, o fretum. Esta provincia estaba solo bien romanizada en la zona costera; el interior se dirigía con acuerdos con jefes locales. A estos habitantes se les denominaba mauris, término del que deriva la palabra "moro", y en el año 172 unos mauris, posiblemente bereberes establecidos en el Rif, cruzaron la costa tal vez al notar una disminución de las tropas y entraron en la Bética para realizar rápidos saqueos. Sería frenada por la legión VII Gémina al mando del legado Aufinius Victorinus.

Marco Aurelio reforzaría las alianzas con las tribus mauris y coordinaría una mejor vigilancia del estrecho en ambas orillas. También dejó en Itálica un destacamento de la legión VII Gémina para proteger de posibles futuros ataques. Estos acuerdos establecidos no serían definitivos y en el 177 habría una segunda incursión de los mauris, mucho mayor, donde además de la Bética, entrarían también en Lusitania y la Tarraconensis, llegando incluso a sitiar la ciudad de Singilia Barba, cerca de la actual Antequera. Aunque ahora estaban más preparados, ya que tenían también en Mauretania Caesariensis la legión III Augusta, dirigida por Gaius Vallius Maxumianus, que no tuvieron problemas en derrotarlos.

En agradecimiento, pusieron dos inscripciones. La primera es un monumento en su honor por haber devuelto la paz a la Baetica (Baeticam caesis hostibus paci pristinae restituerit). En la segunda se le nombró patrono de la ciudad por el mismo motivo (ob municipium diutina obsidioni et bello Maurorum liberatum).

Sobre la dinastía de los Anios.

Cerca de Corduba, en Ucubi, actual Espejo, era originaria la familia de los Anios, una rica familia que comerciaba con aceite de oliva y que consiguió prosperar hasta llegar a colocar o enlazarse con cuatro emperadores. Marco Anio Vero, hijo del senador y pretor Marco Anio Vero, llegaría a ser tres veces cónsul y entablaría una gran amistad con el emperador Adriano. Se casó con Rupilia Faustina, emparentada lejanamente con Trajano, y casaría a su hijo Marco Anio Vero —¡qué poca originalidad para los nombres!— con Calvisia Domitia Lucilla la Menor, perteneciente a una rica familia que tenía fábricas de ladrillos en Roma y acercándose a la familia de Adriano. Su hijo sería el emperador Marco Aurelio, que aunque nació en Roma —hay quien afirma que en la Bética— no deja de ser medio hispano. Marco Anio Vero, el tres veces cónsul, logró casar a su hija Faustina la Mayor con el emperador Antonino Pío, siendo ella emperatriz. Su hija Faustina la Menor, que sería medio hispana, se casaría con Marco Aurelio, siendo ella también emperatriz, y padres a su vez del emperador Lucio Aurelio Cómodo y de Annia Aurelia Galeria Lucila, que se casaría con el coemperador Lucio Aurelio Vero, convirtiéndose ella en emperatriz. Esta familia hispana acabaría convirtiéndose durante un tiempo en la más poderosa del imperio. Muchos otros miembros llegarían a altos cargos, pero sin duda el más importante de la familia sería el emperador Marco Aurelio, uno de los mejores emperadores de la historia de Roma.

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sábado, 23 de agosto de 2025

Hispania 2

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Saliéndonos del mundo literario, vamos a irnos a Lusitania, a Emerita Augusta. En torno al año 104 nació Cayo Apuleyo Diocles, el mejor auriga de la historia del mundo romano. Tuvo una carrera muy larga, en la que participó en las carreras durante 23 años, y su palmarés es impresionante: corrió 4.257 carreras, obteniendo el primer puesto en 1.462 y consiguiendo el segundo o tercer lugar en 1.438. Esto demuestra lo tremendamente regular que fue en los 23 años que corrió. Se retiraría a los 42 años después de haber ganado una verdadera fortuna de casi 36 millones de sestercios, convirtiéndolo, posiblemente, en el deportista mejor pagado de la historia. Siendo realmente muy difícil adaptarlo a la inflación de la actualidad, hay quien ha calculado que al cambio serían 15.000 millones de dólares, una cantidad exorbitante para una sola persona. Iría a vivir a Preneste, en una zona rural y tranquila, donde moriría llevando una vida familiar alejado de la fama.

Sus admiradores colocaron una lápida en el Circo de Nerón, actual Vaticano, donde se relatan sus inigualables logros deportivos, y otra inscripción en una estela bajo su estatua, colocada por sus hijos en el Templo de la Fortuna Primigenia de Praeneste, donde pone: “Presente ofrecido a Fortuna Primigenia por Cayo Apuleyo Diocles, el primer auriga del equipo rojo, hispano de nación. Sus hijos Cayo Apuleyo Nimfidiano y Nimfidia”. Aunque nunca volviese a Hispania, que se sepa, nunca olvidó sus raíces y hasta su muerte seguiría sintiéndose hispano.

C(AIO) APPVLEIO DIOCLI
AGITATORI PRIMO FACT(IONE)
RVSSAT(O) NATIONE HISPANO
FORTVNAE PRIMIGENIAE
D(onVm) D(edit)
C(aius) APPVLEIVS NYMPHIDIANVS
ET NYMPHYDIA FILII

Estos hispanos serían solo una muestra de los más destacados, en la que muchos otros les seguirían, desplazándose a Roma para hacer carrera. En esta Hispania tan romanizada daba un poco igual de dónde procedieras, siempre que tuvieras talento o pertenecieses a alguna familia aristocrática local. Fueron muchos los hispanos que destacaron también como declamadores, sobre todo en torno a los Sénecas, que eran los ciudadanos con contactos o conocimientos jurídicos que interponían una querimonia, que era una queja formal ante las autoridades imperiales, contra las acciones de un funcionario público o magistrado que, a su juicio, había actuado de manera negligente, deshonesta o ilegal. Las querimoniae eran un mecanismo legal establecido por el emperador Constantino I en el siglo IV d.C. para garantizar el cumplimiento de las leyes, la fidelidad del personal burocrático y la estabilidad política en una época de conflictos civiles. De estos hispanos declamadores, Séneca publicó una lista donde nombra a 24, el segundo grupo más numeroso después de los griegos. Algunos de los más conocidos fueron Abronio Silón, también un gran poeta; Clodio Turrino; Junio Galión, gran orador que llegó a procónsul; y Porcio Latrón, un gran rétor que abrió una academia de declamadores que contaba con alumnos de la talla de Ovidio. También tenemos a Sextilio Ena, el primer poeta de Corduba que se conoce. Vivió en el siglo I a.C. y, aunque no se conserva casi nada de su obra, se sabe que obtuvo mucha importancia y quizá fuera una fuente de inspiración para la Farsalia de Lucano.

Podemos destacar también a Lucio Cornelio Balbo el Mayor, que nació en Gades sobre el 97 a.C. Fue el primer cónsul no nacido en Italia y también muy amigo de Julio César, quien lo llevaría en las guerras de las Galias. Luego se uniría al bando de Octaviano, donde se le premiaría su lealtad y trabajo, y acabó llegando a ser pretor y cónsul romano, algo impresionante para un provincial en esa época.

También destacó su sobrino Lucio Cornelio Balbo el Menor como un excelente militar, siendo nombrado procónsul de África, donde consiguió una gran victoria con las tribus saharianas, llevando un gran botín a Roma y siendo el primer general no itálico en conseguirlo; por su gran gesta fue premiado con un triunfo. Hizo una verdadera expedición a lo desconocido con 10 000 legionarios, digna de una película, partiendo de Sabratha, cerca de Trípoli, adentrándose en el desierto del Sahara para derrotar a los garamantes en la ciudad de Fezzan y enviando a un grupo a explorar las "tierras de leones" situadas más al sur, atravesando las montañas de Ahaggar, en el sur de Argelia, para acabar descubriendo un enorme río que posiblemente fuese el Níger en la región de Mali, donde se han llegado a encontrar monedas romanas y cerámicas latinas. Imaginad el viaje para alguien de la época, atravesando territorios completamente desconocidos para acabar llegando a un lugar tan remoto como culturalmente extraño para un romano, situado a más de 4200 kilómetros: ¡una hazaña muy épica!

Como caso paradigmático tenemos a Cayo Julio Higino, a quien Julio César trae como esclavo. Aunque destacó pronto por su inteligencia, siguió las enseñanzas del erudito griego Alejandro Polihístor. Al morir Julio César, se fue con Octaviano y tanto debió de destacar que lo fue promocionando hasta llegar a trabajar en la Biblioteca Palatina, y llega a hacerse amigo de Ovidio. Tan valorado estuvo que Octavio lo nombra liberto y no solo eso, sino que le da el nombre de Julio, con lo que lo acepta en su propia familia. No nos ha llegado mucho de sus escritos, aunque se sabe que escribió sobre las familias de Troya. También escribió sobre agricultura (citado por Columela), las abejas, astronomía y muchas fábulas. Una gran vida de estudio y superación.


Un gran autor de origen turdetano es Lucio Cornelio Boco. Vivió en el siglo I en Salacia, actual Portugal. Perteneció a una gran familia y tuvo una excelente carrera política local, muy celebrada por sus habitantes. Fue autor de muchas obras sobre historia natural, geografía y de crónicas históricas turdetanas anteriores a él. Por desgracia, estas se han perdido y solo tenemos algunas referencias hechas por Plinio el Viejo, que usó su trabajo para sus obras; Solino y hasta por Estrabón.

De Corduba se conoce también a varios hispanos que hicieron una destacada carrera política y militar, como Lucio Antistio Rústico. Vivió durante el siglo I, llegó a senador en la época de Nerón, siendo nombrado tribuno militar en Britania, donde destacó con brillantez y fue condecorado. Fue pretor senatorial, comandó la Legión VIII Augusta en la Germania Superior en Argentoratum, la actual Estrasburgo. Llegó a gobernador de la Bética como procónsul en el año 83. Volvió a Roma y ocupó el cargo de prefecto del erario, un alto cargo responsable de la administración del Tesoro Público. En el 90 compartió el cargo de consulado sufecto junto a su amigo, el también hispano Lucio Julio Urso Serviano, y por último fue gobernador de Capadocia-Galacia, donde moriría unos pocos años después. Un buen ejemplo de político que medra en su carrera a pesar de no ser itálico; esto demuestra lo integrados que estaban en el imperio los hispanos. Debían de tener entre los hispanos una buena red de contactos y amigos, y uno de ellos fue Marcial, que le dedicó dos epigramas.

De su amigo Lucio Julio Urso Serviano también se le conoce una gran carrera. Originario de la Bética, estuvo vinculado a la familia de Trajano y Adriano al casarse con una hermana del primero. Perteneció a la generación de funcionarios y generales que llevaron a Trajano a emperador. Gracias a eso, fue ascendiendo hasta llegar a cónsul en el año 90. Después fue gobernador de la Germania Superior, donde dio todo su apoyo a su cuñado Trajano al ser nombrado Emperador, que más tarde lo nombró gobernador de Panonia. Tantos favores se había ganado que llegó a estar posicionado para suceder como emperador a Trajano. La historia casi lo ha olvidado, pero estuvo ahí, en la pomada por la púrpura, pero al final se decantó por Adriano y no pudo ser. Aun así, lo encajó bien y tuvo buenas relaciones con Adriano, y en el 134 fue premiado con un tercer consulado. Adriano lo tuvo en cuenta como sucesor, pero al contar ya los 90 años lo consideraba demasiado mayor. Eso sí, tenía a un nieto, Lucio Pedanio Fusco Salinator, como posible candidato, pero al ser rechazado y al elegir en su lugar a Lucio Elio César, este impugnó su adopción con gran enfado y amenazó con dar un golpe de estado, lo que causó que Adriano lo condenara a muerte. Un mal final para una larga vida de éxitos y victorias para alguien que rozó el puesto de emperador.

Dentro de estos jóvenes funcionarios y generales que impulsaron a Trajano, podemos destacar a los hispanos: Lucio Licinio Sura, originario de Tarraco, tuvo una carrera meteórica, siendo cónsul en tres ocasiones, y que aseguró en su lecho de muerte que Trajano lo llegó a considerar para sucederlo. También estuvo Quinto Sosio Seneción, de origen bético, ascendió por los cargos de cuestor, tribuno de la plebe y pretor. Comandaría la Legio I Minervia, apoyando el ascenso de Trajano a emperador, recompensándolo con la gobernación de la Galia Bélgica y luego la de Mesia Superior. Murió poco después. Conocida fue su amistad con Plutarco, quien le dedicó varias obras. Sin duda, este primer siglo fue la edad de oro de los hispanos, tanto en literatura como al realizar el Cursus Honorum, donde los hispanos se integraron perfectamente en el imperio como los mismos itálicos, sin ninguna discriminación. Esto hizo grande al imperio, que le daría cohesión y estabilidad.

De Corduba tenemos también a Marco Aponio Saturnino, quizá de la familia de los Aneos. Gracias a la influencia de Marco Aneo Séneca, se impulsó en una gran carrera, llegando a gobernador de Moesia en el 69, donde venció a los sármatas, y procónsul en Asia. En el año de los cuatro emperadores, se unió al bando de Vespasiano junto a sus amigos los hispanos Gayo Dilio Aponiano, que fue gobernador de una provincia desconocida y cónsul sufecto, y Cayo Dilio Vócula, conocido por su labor como legado de legión durante la revuelta de los bátavos.

Mención especial tiene la familia de los Anios, que irían ascendiendo hasta colocar en la cima del imperio a cinco de sus miembros, entre ellos Marcus Annius Catilius Severus, más conocido como Marco Aurelio.




domingo, 22 de junio de 2025

Hispania 1

Una pregunta que podríamos hacernos al leer este blog, que trata sobre la historia de España, sería: ¿durante todos estos acontecimientos, qué estaba pasando en Hispania? La idea al crear este blog es partir de la Hispania visigoda y, por añadidura, contar el origen de estos antes de llegar a la península ibérica. Apenas se ha mencionado a algún hispano, pero dentro del Imperio Romano irían pasando por una historia propia de la que llegaron a salir 4 emperadores e incluso se llegó a crear una herejía. Los soldados hispanos lucharon como hormiguitas anónimas en los ejércitos contra los bárbaros o contra otros romanos, y a lo largo de los siglos se iría formando una unidad como provincia que los diferenciaría de otras, con sus variantes de latín que formarían los protorromances, y el cristianismo, con el tiempo, se iría implantando. El niceno eliminaría al resto de herejías y, por cercanía, se sometería al Papa de Roma. Aunque iría formando una unidad, como hispanos se reconocerían entre ellos y se diferenciarían de otros romanos, pero no hay que ver nada semejante a una nación, que no deja de ser un invento moderno. Si algo se sentían eran romanos, tanto o más que los mismos habitantes de Roma, y el hispanorromano no tenía unas características étnicas que lo diferenciaran del resto. Solo por cercanía, habría más africanos en el sur o galos en el norte, y fácilmente los mismos hispanos viajarían a otras partes del imperio para establecerse, olvidándose de dónde nacieron. A fin de cuentas, Roma era toda la civilización, y aunque siempre sería hispano, es más un modo de expresarse o unas costumbres que puedes amoldar que una cuestión de sentimiento o de patria.

Partiré del año 19 a. C., cuando César Octavio terminó las guerras cántabras, pacificando por completo la región y añadiéndola al Imperio que acababa de crear. Fue entonces cuando podemos decir que existió la Hispania romana, donde Roma controlaba por completo la provincia y podía terminar de romanizar a su población sin una oposición o revueltas, al menos no de gran envergadura. Con la Pax Romana se abriría una nueva etapa. Ya desde Julio César, muchas familias patricias fueron a administrar el territorio y también para que los habitantes nativos absorbieran la ordenación jurídica de Roma, eligiendo a los decuriones, quienes a su vez elegirían a los magistrados que dirigirían las ciudades. También se realizaba un censo cada cinco años, algo imprescindible para poder recaudar eficientemente los impuestos.

Octavio fue cambiando el Imperio desde el punto de vista social, integrando a las clases medias de comerciantes y pequeños terratenientes, quienes a su vez le serían leales, y concedería la ciudadanía romana en ciudades que no estaban en la península itálica, creando un gran sentimiento de unidad en el Imperio. Estas medidas se adoptaron en gran cantidad en Hispania, facilitando el auge del comercio y la industria, bien administradas por ciudadanos nativos que ahora eran romanos.

Octavio dividió Hispania en tres provincias: la Bética, que al ser la más pacificada estaba bajo control senatorial; y Lusitania y Tarraconense, que al estar recién apaciguadas, tenían que mantener bastantes soldados en el territorio, por lo que permanecerían bajo el control directo del emperador. Estas provincias estarían divididas en conventos jurídicos que se dirigirían desde las ciudades más grandes como capitales.

Poco cambiarían las provincias en los siglos siguientes, al margen de que Tiberio le quitó su gobierno al Senado de la Bética para que pasara a cargo del emperador. Esto fue un cambio importante para las familias más poderosas aliadas del Senado, que vieron mermado su poder e incluso, en muchos casos, confiscó los bienes de estas familias acusadas de alta traición contra el emperador y para recaudar dinero, lo que le hizo ganar aún más fama de tirano a Tiberio. Aquí tenemos el caso de uno de los hombres más ricos de Hispania, Sexto Mario, que hizo su gran fortuna explotando las minas de oro y plata de Sierra Morena. Fue acusado de incesto perpetrado con su propia hija y fue ajusticiado siendo despeñado desde la Roca Tarpeya, confiscando sus minas y riqueza para el Imperio.

Del año 14 al 37, estuvo Tiberio como emperador de Roma. Como sucesor de Octavio, tenía un listón imposible de alcanzar. Si bien era un buen general y tuvo una carrera política modélica, nunca contó con la aprobación de Octavio; siempre fue un plan B. Personaje con poca carisma y pensamientos anticuados, nunca destacó. Era buen general, pero no brillaba, razón que se apreciaba al tener que asistir en el campo de batalla a su hermano menor Druso. Tuvo una mala relación con Octavio, quien le obligó a divorciarse de la mujer que amaba e impedir volver a verla para casarse con la hija de Octavio, que a su vez era su hijastra política. La idea era garantizar tenerlo como un candidato viable a sucederlo, pero guardándolo en la reserva, ya que tenía candidatos mejores a su disposición. Esto amargó mucho el carácter de Tiberio e hizo que tuviera un gran odio hacia Octavio.

Seguiría ascendiendo, pero se encontraba desencantado con cómo funcionaba ahora Roma y añoraba la antigua república, donde los cargos no se concedían a dedo, y decidió abandonar la vida pública y retirarse a vivir una vida sencilla en Rodas. Aunque al final tuvo que volver, ya que tras la muerte de Lucio y Cayo, quedó como heredero final, de rebote, del imperio. Eso sí, como condición para que quedara claro que no lo querían, lo obligaron a adoptar a Germánico, el hijo de su hermano Druso, con la intención de que la dinastía imperial siguiera siendo Julia en vez de la Claudia, que era la de Tiberio. Tiberio se volvería a sentir en la sombra de otro joven menos capacitado que él, pero con mucha carisma que atraía el cariño de los romanos.

Al final, en el 14 d.C., murió Octavio y fue nombrado emperador. Nadie lo quería de emperador, ni siquiera Tiberio quería ser emperador, pero le tocó gobernar. Al poco comprobó que quien de verdad dirigía el imperio era su madre y viuda de Octavio, Livia. Se rumoreaba que estaba detrás de los asesinatos de los herederos de Octavio para que su hijo fuera emperador, pero solo para mandar ella en la sombra, lo que incomodó mucho a Tiberio. Aunque administrativamente hacía un buen trabajo, la gente no lo quería, sobre todo al traer a Germánico el carismático a Roma y darle otro destino que, según creían, lo hacía por envidia. Cuando murió, toda Roma pensó que lo había mandado matar, lo que hizo que su impopularidad fuera enorme. Esto lo percibía Tiberio, que al temer por su seguridad, aumentó las fuerzas y poderes de la Guardia Pretoriana, lo que hizo percibir a la gente que la ficción de la democracia desaparecería y marcaría un tinte de dictadura militar. El líder de los pretorianos era Sejano, que se ganó a Tiberio tanto que tras la muerte de su hijo, decidió que quedara como regente hasta que proclamaran al siguiente emperador.

Tiberio se retiró a Capri, dejando Roma en las peores manos posibles, donde Sejano creó un reino del terror donde nadie se sentía seguro, sobre todo tras la muerte de Livia, quien aún tenía algo de poder contra Sejano, que ahora sería de facto emperador sin el título. Tiberio se acabó enterando del régimen del terror y la ambición que tenía y mandó arrestarlo y condenarlo a muerte bajo el clamor popular. Volvió Tiberio, que se enteró también que planearon la muerte de su hijo, lo que le creó una paranoia donde veía conspiraciones por todos los lados y sumió a Roma en un estado de terror, ordenando ejecuciones tanto a presuntos conspiradores como a gente inocente que fueran acusados de cualquier motivo contra Tiberio. Dejó de gobernar y se centró en la purga que duraría 6 años, en los que su vida estuvo rodeada de todo tipo de depravación que ocurrían en la isla de Capri, aunque quizás esto fue solo una creación de sus enemigos para darle mala fama en sus últimos años hasta que murió en el 37, o tal vez asesinado con una almohada, y le sucedió Calígula, otro infame emperador que superaría al anterior.


Este párrafo, que podría no encajar mucho en esta historia, lo he añadido para comentar sobre Tiberio, un emperador llegado por carambola del que se tiene una fama terrible y que me parece más una víctima trágica. Él nunca tuvo libertad sobre sí mismo y se vio arrastrado por un camino que no quería transitar. Este es el problema que tenía la sucesión en el Imperio. La dinastía Julio-Claudia traería, a la vez, a los mejores y los peores emperadores, tanto por incapaces como por tiranos. Por medio tenemos a Claudio, otro infeliz que, a pesar de ser muy capaz, tuvo una vida trágica. Terminarían con Nerón y la entrada de otra dinastía, los Flavios. La sucesión de estas dinastías dio un carácter de estabilidad a un Imperio que engrasó tan bien Octavio que podría funcionar perfectamente aunque el emperador fuese un inútil o un tirano y careciese del cariño de su pueblo. Esta estabilidad trajo prosperidad a las provincias, creando una nueva clase media nativa que podría prosperar y llegar a conseguir altos cargos que solo unas décadas antes solo estaban al alcance de las altas clases de Roma. También aumentó la facilidad de conseguir la ciudadanía romana, ciudadanía que se heredaba y que, a la larga, consiguió que aumentara el sentimiento romano y de pertenencia a un Imperio. En Hispania solo se mantendría una única legión, signo de lo integrados que se sentían sus habitantes y lo poco que les interesaba rebelarse. Quería puntualizar que mucha de la mala fama de Tiberio debió de ser propaganda de sus enemigos, aunque seguro que parte de su régimen del terror fue cierto. Pero esto era algo que ocurría en Roma; la visión de las provincias era distinta, donde tenían una imagen de buen emperador y capaz de administrarlas bien, creando prosperidad, manteniendo la paz, teniendo unas cuentas saneadas y guardando de él un buen recuerdo.

Como hispanos destacables de la época, podemos mencionar a Lucio Anneo Séneca, nacido en una familia aristocrática de Corduba en el 4 a.C. Muchos de sus miembros habían destacado en diversos campos de la política. Estudió en Roma con Atalo, quien le enseñó retórica y lo introdujo en el estoicismo, y en Alejandría, donde aprendería ciencias naturales, geografía, etnografía y, a través de Soclon, el misticismo pitagórico. Llegó a involucrarse en el culto de Isis y Serapis, aunque volvería al estoicismo hasta el final de sus días.

Tuvo una gran carrera política; de hecho, era considerado el mejor orador del senado. Sin embargo, con la llegada de Calígula al poder, sus enemigos lograron que lo condenaran a muerte, aunque se salvó. Luego, con la llegada de Claudio, también volvió a caer en desgracia y fue mandado al exilio en el año 39 a la isla de Córcega. En los ocho años que estuvo allí, escribió algunas de sus obras más notables.

En el año 49, volvió a Roma y lo nombraron pretor y tutor de Nerón. En el año 54, murió Claudio y subió al trono imperial Nerón, con lo que Séneca obtuvo una gran posición e influencia en el joven emperador y consiguió que, durante ocho años, Nerón tuviera un buen gobierno. A partir del aumento de la influencia de Publio Suilio Rufo en Nerón, Séneca fue cayendo en desgracia, ya que veía cómo Nerón se iba convirtiendo en un emperador despótico y cruel, y le fue criticando y enemistándose con él. Viendo lo que se le venía encima, decidió retirarse de la corte y dedicarse a viajar y a escribir sus mejores cartas y tratados filosóficos. Aun así, ni estando lejos se salvó de la intriga y, por una conjura en la que lo acusaron de ser partícipe, lo condenaron a muerte. Decidió tomárselo como un buen estoico y planeó suicidarse.

Sin duda, la historia de Sénecaes un claro ejemplo de lo integrados que estaban los hispanos en el imperio y de cuán lejos podían llegar aun siendo un provinciano. Tenían las mismas oportunidades que un romano más, que con formación y talento podría estar al lado de varios emperadores e influir o enfrentarse con ellos y convertirse en un referente cultural para todo el imperio.


Otro hispano renombrado es el poeta Marco Anneo Lucano, sobrino de Séneca, nacido en Corduba en el 39 en una gran familia llena de cargos metidos en política y la cultura. Poco tiempo vivió en Hispania y con 8 meses su padre se lo llevó a Roma, donde pronto destacó en la oratoria y retórica. Con 16 años ya había escrito grandes obras. Seguiría formándose en Grecia, cuna de la cultura, hasta que fue reclamado por Nerón para estar en la “corte de los amigos” y fue nombrado augur y cuestor. Escribió su gran obra, la Farsalia, que le hizo ganar gran fama y las envidias de Nerón y su círculo de amigos. Lo llegó a acusar de participar en la conjura de Pisón, lo torturaron y lo obligaron a suicidarse. Un trágico final para uno de los poetas más influyentes del Imperio Romano, nacido en una casa hispana y que dejaría un gran legado literario para la posteridad.

Otro hispano con una obra muy importante, pero mucho menos conocido, sería Lucius Junius Moderatus Columela, o sencillamente Columela. Fue un gran escritor agrónomo y, al igual que los anteriores, nació en la Bética, pero en vez de en Corduba, en Gades, otra ciudad muy romanizada. Se cree que su nacimiento fue alrededor del 4 d.C. en una familia importante, y que su padre fue un decurión de Gades, por lo tanto, tuvo una excelente educación sobre retórica, filosofía y agronomía. Por influencia de su tío Marco, desarrolló un profundo interés por la agricultura. Siguió la carrera militar, llegando a tribuno en la Legio VI Ferrata en Siria.

Al acabar su carrera militar, volvió a Hispania para dedicarse a la agricultura en sus terrenos en Gades, donde puso en práctica todo lo aprendido y escribió sus grandes obras: "De re rustica" y "De arboribus". Estos grandes tratados de agronomía transmitieron los conocimientos de la época, lo que permitió que no se perdieran y que se pudiesen seguir usando siglos después de la caída del Imperio Romano. Su obra no es solo importante por las técnicas agrícolas, ya que también habla sobre la vida de los romanos y sus ritos precristianos. Fue recuperado por los árabes, quienes reutilizaron sus técnicas agrícolas con excelentes resultados, lo que finalmente lo trajo de nuevo a Occidente.


Siguiendo en la Bética, territorio de grandes hombres, esta vez en Tingentera, posiblemente en la actual Algeciras, nació a principios del siglo I Pomponio Mela, un famoso geógrafo y autor de "Chorographia", una obra cumbre de la geografía romana que plasmó el mundo conocido de la época y que sería utilizada y consultada durante muchos siglos.

Pasando por Calagurris Nassica Iulia, "Calahorra, ciudad de los cuervos, leal y romana", tenemos a Marco Fabio Quintiliano. Nació allí en el año 35, aunque se trasladó a Roma, donde su padre ejercía de réprobo abogado. Allí obtuvo una gran formación con profesores de la talla de Remio Palemón, Marco Servilio Noniano y Domicio Afro, quienes le enseñaron literatura y elocuencia. En el año 61 regresaría a Hispania junto a Galba cuando Nerón lo nombró gobernador de la Tarraconense y este, a su vez, nombró a Quintiliano rétor del Tribunal Superior. También sería profesor de elocuencia, que era su gran pasión, y sus capacidades en el uso de la lengua serían tan reconocidas que se convertiría en una referencia de cómo usar correctamente el latín. En Roma crearía después una academia de elocuencia de gran prestigio que contó con alumnos tan destacados como Plinio el Joven y el futuro emperador Adriano. Seguiría ganando prestigio con los años, incluso después de Galba, bajo los emperadores Vespasiano, Tito y Domiciano. Vespasiano llegó a otorgarle la primera cátedra oficial y pública de retórica. Su mayor obra es Institutio Oratoria, donde abarcaba todos los aspectos de la retórica.


Cerca de Bílbilis, actual Calatayud, nació en el año 40 Marco Valerio Marcial. Como todos los que querían mejorar su formación, se desplazaría a Roma sobre el año 64, quedando bajo la protección de Séneca. Sin embargo, al morir este un año después, cayó en desgracia y acabó malviviendo por las calles de Roma, teniendo una vida bohemia y dedicándose a la literatura para subsistir. En esos ambientes, entabló amistad con Plinio el Joven, Juvenal, Silio Itálico y el hispano Quintiliano. También entablaría mucha amistad con el también hispano Canio Rufo, un reconocido poeta cuya obra era apreciada por su elegancia, su profundidad y su capacidad para capturar las emociones humanas, quien le ayudaría mucho a darse a conocer y a quien le dedicaría varios epigramas. Tras la muerte de Nerón y, sobre todo, en los imperios de Tito y Domiciano, mejoró mucho su situación al ser favorecido por ellos, tanto en elogios como en cargos, lo que le permitió mejorar económicamente. Tras el ascenso de Nerva, cayó en desgracia y decidió volver a pasar sus últimos años en Bílbilis en el 98, donde pasó su tiempo componiendo sus últimas obras y administrando la tierra, trabajo que le encantaba. Murió en el 104, dejando un gran legado literario donde destacan los epigramas, unas composiciones poéticas breves con un tema satírico o festivo, lo que ahora llamaríamos "políticamente incorrectos", que llegaron a tener una gran popularidad en todo el imperio.